Sede La Aurora, Centro Educativo Rural Las Ánimas
Sede La Aurora, Centro Educativo Rural Las Ánimas
Nací en la bella ciudad de Cartagena, bajo la influencia cultural dejada por los españoles colonizadores, los negros esclavos y los indígenas nativos. Heredé de mis ancestros el amor por el azul del cielo y el mar, que me hace recordar que en la inmensidad del universo siempre hay un mundo de posibilidades. En la lectura descubrí la puerta para escapar a la cotidianidad. La música mueve cada fibra de mi ser y me lleva a bailar la mayor parte de sus ritmos: es la mejor forma que encuentro para conectarme conmigo. Deseo vivir en un mundo más justo, en el que todas las personas tengan las mismas oportunidades, y al que todos valoremos.
En algún lugar del universo, en el filo de unas montañas rodeadas de café, se encuentra una escuela llamada La Aurora, un espacio destinado para la enseñanza. Allí podemos encontrar niños, niñas y jóvenes que día a día se despiertan bajo el delicioso olor del café y el bello paisaje de los palos verdes, florecidos o llenitos de granos rojos, sinónimo de que pronto llegará la cosecha.
Mis estudiantes tienen entre cinco y doce años, todos reunidos en un solo salón, con particularidades, pero con algo en común: todos se deben al cultivo y producción del café… Sus tradiciones, costumbres y economía nacen y mueren allí. ¿Quién mejor que ellos para enseñarme sobre café? Bien dicen por ahí que lo que se hereda no se hurta.
Luego de contrastar los procesos académicos con relación a las pruebas Saber aplicadas en la institución durante los últimos años, pude observar los bajos niveles de desempeño en el área de Matemáticas. Ante esto, decidí unir los saberes con el contexto. Dicen que el que no arriesga no gana, y este podía ser un gran riesgo, a la vez que una gran oportunidad para aprender. Esto se dio por el interés personal y el infinito amor que profeso por las matemáticas, ¡me apasionan! Este amor me motiva a enseñar lo mejor posible y a tratar en todo momento de que mis estudiantes se dejen encantar por la magia de los números.
Con esta preocupación, nació una loca idea: ¿cómo enseñar estadística descriptiva a los estudiantes de grado quinto a partir del cultivo y producción del café? Y, a su vez, ¿cómo mejorar sus niveles de comprensión? Y no propiamente desde el área de Lenguaje, sino desde el área de Matemáticas.
Resulta que normalmente asociamos a las matemáticas con operaciones como sumar, restar, multiplicar o dividir, y olvidamos que esto también requiere una interpretación y comprensión, como en el trabajo con tablas de frecuencia, gráficos y diagramas, así como la capacidad para la elaboración de los mismos. Por tal motivo, y respondiendo a los mínimos exigidos por el Ministerio de Educación Nacional, surgió esta propuesta, que articula la enseñanza de la estadística con el contexto inmediato de los niños, niñas y jóvenes: el café.
Este camino comenzó con una prueba diagnóstica en la cual pude identificar los conocimientos con los que llegaban mis estudiantes. Luego, diseñé una serie de actividades articuladas (también llamada secuencia didáctica), que marcó la ruta por seguir con cinco guías, de lo más simple a lo más complejo. En estas cinco guías construí ejercicios y situaciones en las que involucré recursos, insumos, productos, términos y procesos propios del café. Incluí personas reales de la vereda, lo que me permitió recrear y atrapar la atención de todos, y ubicarlos inmediatamente en escenarios que adquirían sentido para ellos y ellas. No olvidaré la cara de todos y la voz en coro al decirle a Luisa: “Están hablando de su papá, don Uriel”, o el momento en que todos preocupados decían “no, profe, don Uriel debe estar más pendiente de los trabajadores, tuvo mucha pérdida… Imagínese: una carga de café verde”.
Con cada guía aplicada llegaban la emoción y la expectativa de saber qué iban a encontrar esta vez. Claramente no había resistencia y, aunque el tema central siempre fue la estadística, esta tomó valor en cada relación hecha entre los saberes y su contexto.
Todo pasó muy rápido, parecía como si de forma inexplicable hubiera establecido una carrera contra el tiempo, y ni qué decir del hecho de tener otros estudiantes de diferentes grados en el mismo salón. Esto último hizo que el trabajo fuera un poco más duro, pero nada imposible. A pesar de esto, la conexión creada entre ellos y el material los mantuvo motivados en todo momento y de manera implícita aprendíamos sin parar: ellos a elaborar tablas, gráficos, a interpretar información y sacar conclusiones; y yo a generar estrategias de su interés, partiendo de cosas tan simples como las que están a nuestro alrededor. Nuestro entorno visto como el espacio que nos brinda la posibilidad de repensarnos cada día, como seres cambiantes que debemos nuestra razón de ser al lugar donde laboramos.
En este proceso fueron claves las evaluaciones recogidas desde el principio hasta el final, pues, aunque no definen a los estudiantes ni su potencial, sí permiten realizar un seguimiento para reconocer los avances o retrocesos. En este caso, pude identificar muchos progresos, y, aunque en algunos más notorios que en otros, todos demostraron un dominio superior al inicial, con aprendizajes significativos, pues ya no los vieron como temas sueltos y sin sentido, porque pueden aplicarlos en su cotidianidad.
No podemos desconocer que una cosa lleva a la otra: captar el interés de los estudiantes lleva a que estén motivados, y esto los monta en un viaje sin regreso, donde, al estar atentos, conectar con las actividades y comprender, avizoran un destino más seguro para aterrizar y, finalmente, ver reflejados los resultados en mejores calificaciones y mayores niveles de comprensión en la interpretación de información a partir de tablas y gráficos.
Además de los estudiantes y yo, los padres de familia fueron los más felices, ya que, sin grandes problemas, sus hijos pudieron aprender y ellos, a diferencia de la mayoría de veces, pudieron entender de qué hablaban. Tienen todo el dominio del tema cafetero.
Aunque en esta fase no aplicamos todas las actividades diseñadas, sueño con poder llevar esta propuesta hasta una salida de campo, que consolide la experiencia en un laboratorio de matemáticas en el cual los estudiantes puedan construir o desarrollar actividades con base en el funcionamiento de una finca cafetera, y poner a prueba allí todo lo aprendido. Y, ¿por qué no?, ir a la finca de don Uriel en una cosecha, hacer un registro, plantear situaciones y tener un control de la recolección del café… ¡Quién quita que esta vez no tenga tantas pérdidas y que en el camino podamos ir cuadrando las cargas!
Agradecimientos especiales a Miguel Ángel, Yilmar, Karen, Daiana, Luisa, Ximena, Valeria, Ashly y Victoria: mis estudiantes de quinto grado, quienes, con sus ocurrencias, travesuras y buena actitud, contribuyeron a que todo esto fuera posible.
De igual forma, agradezco a mi compañera Betty Betancourt, docente del municipio de Angelópolis: su apoyo y colaboración en la construcción del proyecto hizo posible esta bella experiencia.