Sede principal, Institución Educativa Rural Cuturú
Sede principal, Institución Educativa Rural Cuturú
Nací en Caucasia, un lugar acogedor del Bajo Cauca antioqueño. Desde muy corta edad, recuerdo que, en mis juegos de infancia, fantaseaba con enseñar a cualquier objeto, que con mi imaginación podía transformar en niños. Así que siempre fue mi sueño prepararme para ser una gran maestra. En los 14 años que tengo de experiencia como docente, reafirmo que enseñar es mi pasión. Estoy segura de que va más allá de impartir conocimiento: ser maestra es amar, vivir y compartir con personitas de un gran corazón, y el aula se convierte en el mejor espacio donde puedo transformar en momentos mágicos y divertidos aquellas cosas no tan agradables que viven mis alumnos.
En el aula es común que nos encontremos con estudiantes diversos, con diferencias en su forma de ser, pensar y aprender. En ocasiones, como maestros notamos que nuestros alumnos no comprenden lo que les enseñamos, y esto puede estar relacionado con la forma como lo hacemos, las estrategias empleadas y su modo de aprender o percibir la información. A esto último le llamamos estilos de aprendizaje.
Cuturú es un corregimiento de Caucasia. Es un lugar pequeño con grandes seres humanos, familias resilientes y pujantes. Allí está ubicada la Institución Educativa Rural Cuturú, la cual tiene cobertura para los niños, niñas y jóvenes del corregimiento y de veredas aledañas.
Quiero contarles que en el transitar como docente de esta institución surgió una inquietud que hizo movilizar mis pensamientos y mi práctica educativa.
Niñas y niños del grado tercero regresaron al aula, después de mucho tiempo de trabajo en casa, tras la pandemia de COVID-19. Una vez allí, todo parecía un caos: algunos querían conversar mucho, otros muy poco; unos tenían las tareas al día, otros no pudieron acceder a ellas; pero la mayoría no recordaba lo aprendido durante las clases, incluso lo aprendido en años recientes.
Desde ese momento me surgieron varias inquietudes: ¿por qué los estudiantes no recordaban lo aprendido durante las clases?, ¿faltó orientación y acompañamiento?, ¿es posible planear y ejecutar estrategias que favorezcan el aprendizaje en el aula atendiendo a las diferentes maneras de aprender? Con base en estas preguntas, recordé la importancia de conocer y reconocer la individualidad de cada estudiante, y de este modo comprender cuál es el mejor método para presentar lo que voy a enseñar, de suerte que sea significativo. Pues bien, decidí empezar con un test que trata de identificar cómo los seres humanos podemos aprender (Test VAK para determinar el canal de aprendizaje de preferencia: adaptado de Lynn O’Brien, 1990)
Este test evalúa tres canales de aprendizaje: el auditivo, el visual y el kinestésico.
Las personas que son auditivas aprenden mejor a través de estímulos que se perciben por sonidos, como canciones, melodías, ritmos… Mientras que las personas visuales aprenden con mayor facilidad si observan la información, es decir, si pueden ver algo específico, como imágenes, fichas, objetos en general, etc. Por último, las personas que priorizan el canal de percepción kinestésico centran su interés en actividades que involucran el tacto y el movimiento, así como la manipulación de un objeto en específico.
En los resultados de la aplicación del test a mis estudiantes, pude comprender que gran parte de ellos son kinestésicos, mientras que el resto aprende mejor mediante canal auditivo o visual. Entonces, concluí que todos necesitan un poco de cada canal de preferencia para comprender mejor. Así que sobre cada tema pensé en estrategias que apuntaran a todos los canales, a fin de asegurar la comprensión y la recordación.
Ahora sabía con certeza por dónde empezar. Planeé las clases con sus contenidos y estrategias, pero estas debían ser creativas, innovadoras, motivadoras, y, a su vez, movilizar el aprendizaje, la participación y garantizar la inclusión en el aula.
Son muchas las estrategias didácticas y pedagógicas que han surgido desde ese momento y que han impactado positivamente en el aula. Voy a contar a continuación algunas que han alimentado esta experiencia.
¿Qué tal las fases de la luna con galletas? Así es: los estudiantes construyeron sus fases lunares con este dulce método de aprendizaje, y complementamos la actividad con un video documental sobre el tema y con algunas canciones populares e infantiles sobre este satélite. También hicimos ábacos con botellas plásticas, gráficas de barras con dulces, rompecabezas para aprender sobre el cuidado del medioambiente, escritura y representación de leyendas del corregimiento, planos del barrio, planos cartesianos con canastas de huevos… Todo esto intercalado con videos y canciones alusivos.
Habría mucho que contar y que, estoy segura, despertaría la fascinación del lector, tal y como les sucedió a mis estudiantes. Cabe mencionar que la mayoría del material didáctico surgió de elementos fáciles de conseguir para los estudiantes y sus familias, gracias a lo cual todos formaron parte de la construcción del aprendizaje en el aula. El aula se ha convertido en un caos extraordinario de innovación y creatividad, y los estudiantes levantan sus manos constantemente para contar con insistencia lo que han aprendido. El material didáctico construido por todos nosotros ahora es parte central del aprendizaje.
Debo decir que a mis interrogantes he podido responder que sí es posible proponer estrategias didácticas en el aula que transformen la educación. Es posible asimismo que los niños y las niñas usen el aprendizaje adquirido en el aula para aplicarlo en su contexto.
Repensar la educación y querer hacer algo diferente en el aula, que trascienda a la comunidad educativa, es satisfactorio. Esta experiencia es una apuesta también por la inclusión en el aula, ya que intento en cada actividad vincular los diferentes estilos de aprendizaje, a fin de responder a las necesidades de los educandos. Esto les permite asociar lo aprendido con las estrategias empleadas y recordar con mayor facilidad los temas trabajados y su aplicación en situaciones cotidianas; además, genera motivación e interés porque siempre hay algo nuevo por hacer y experimentar en el aula.
A mis colegas, me atrevo a decirles que es muy importante reconocer a nuestros estudiantes, su individualidad, su modo de aprender y sus habilidades. Y que fomentar la creatividad desde nuestro rol nos ayuda a formarlos con un pensamiento crítico, capaz de razonar, pensar, proponer e innovar.
Esta experiencia me hace imaginar la posibilidad de crear un baúl. Un baúl que contenga todas las estrategias didácticas planteadas que han tenido un gran impacto, de modo que puedan viajar y llegar a muchos lugares, instituciones o escuelas, donde otros niños, niñas y maestros quieran conocerlas y tomarlas para su proceso de enseñanza-aprendizaje.
Finalmente, como en todo proceso de enseñanza, hay factores que quizá trunquen un poco nuestra práctica: en mi caso, el tiempo. Pues generalmente los maestros estamos corriendo con múltiples ocupaciones y registros por entregar, lo que me hace pensar que no debería haber un tiempo limitado para el aprendizaje, no debería haber un tiempo limitado para un tema o un período académico. Cada quien tiene su ritmo de aprendizaje, y es una libertad que debe ser generosamente respetada.
Durante el recorrido de esta experiencia, ha sido fundamental el apoyo de los estudiantes y sus familias, y el conocimiento de otros maestros y directivos docentes de la institución. También, el aporte de la Alianza ERA y la Fundación Secretos para contar: con sus métodos para enseñar y recrear el aprendizaje, han hecho posible imaginar y hacer realidad parte de mi sueño de ser una gran maestra con ganas de transformar e innovar. A todos, ¡mil gracias!