Alianza ERA

Educación Rural para Antioquia

La escuela en la huerta

Elkin de Jesús Salinas

Sede Pedro Claver Aguirre, Institución Educativa Pascual Correa Flórez

Me llamo Elkin Salinas. Soy nacido en el municipio de Amagá. Mis estudios fueron realizados en la Normal Superior de este municipio. Maestro por convicción, siempre he pensado que con esfuerzo se puede salir adelante y que hay que tener aspiraciones para la vida.

Licenciado en Básica Primaria, con posgrados en Telemática e Informática y en Medio Ambiente, mi labor la llevo a cabo en el centro poblado La Clarita, donde he puesto en marcha varios proyectos enfocados a la comunidad; entre ellos, uno que se llamó Conexiones, el cual pertenecía a la Universidad EAFIT, pero que por motivos de conectividad, en ese tiempo, no se pudo continuar. Llevo 31 años ejerciendo y espero poder seguir aportando a la educación para el bienestar y formación de los niños y las niñas.

La escuela en la huerta

La realidad educativa se siente diferente en cada lugar. En la Institución Educativa Pascual Correa Flórez, la vida de muchos de los estudiantes, en especial los de la sede Luis Eduardo Valencia, se ha detenido en el tiempo. Sí, se ha detenido: muchos viven como en tiempos pasados, porque los servicios que toda persona debería tener no han llegado con dignidad. Las familias sufren de muchas necesidades.

Los estudiantes quisieran vivir en un sueño para no ver una realidad que los atropella, pues muchos de ellos son parte de familias disfuncionales: niños y niñas violadas, problemas de drogadicción, grupos armados y hambre. Quieren escapar de su realidad y el espacio para hacerlo es la escuela, donde se encuentran con sus compañeros, y los juegos y las risas los ayudan a olvidar.

Con la finalidad de subsanar parte de esta situación, en la sede Luis Eduardo Valencia consideramos que es necesario que volvamos a sembrar el campo, y motivar a las personas para que no solo piensen en la minería, para que hallen otras alternativas; que la escuela promueva el regreso a la producción de la tierra y que la agricultura sea una forma de empleo digno.

Queremos recuperar las huertas escolares, como en tiempos pasados, que nuestros estudiantes tengan amor por la producción y que en las familias fomenten las huertas caseras.

Como docente, me motiva la construcción de proyectos educativos que beneficien el aprendizaje en la escuela. Pensando en apoyar a los estudiantes de escasos recursos económicos, he reflexionado sobre por qué a muchos de ellos se les dificulta el aprendizaje, y veo que, entre tantas situaciones que padecen, también está el hambre.

Así que comenzamos la creación de la huerta escolar en un pequeño espacio donde había unos salones caídos. Nuestro propósito es que la producción calme el hambre de aquellos niños y niñas. Sabemos que un estudiante hambriento no aprende.

Al llegar a la escuela, se observan niños alegres que saludan, pero para muchos de ellos la motivación es recibir un refrigerio que envía el Gobierno. Al ver lo que reciben, da lástima, pues es el único alimento que pueden tener en el día. En ocasiones, cuando falta un compañero, dicen: “Profe, ¿me puede regalar el refrigerio de Juan, que no vino hoy?”. Y hasta se pelean para que el profe les dé el refrigerio del estudiante que no llegó.

Para comenzar, tuvimos como iniciativa adecuar el lugar para la huerta, pues la escuela no cuenta con espacios libres suficientes. Motivamos a los estudiantes y poco a poco, entre todos, recogimos escombros del lugar elegido.

La construcción fue difícil, pero estos chicos, armados de azadones, barras y machetes, empezaron a transformar el espacio, trajeron tierra, compramos semillas, motivaron a sus padres y hasta yo mismo puse de mi bolsillo. Dedicamos parte de nuestro tiempo a esta labor, y aunque en algunos momentos nos parecía complicada, nada nos detuvo, pues nuestro propósito era convertir un espacio en ruinas en un lugar de producción, donde el olor de las plantas sembradas acompañara nuestras mañanas escolares.

El nacimiento de la cebolla, el cilantro, los pepinos, las papayas y otros productos más motivaron a mis estudiantes. Habían convertido en realidad un sueño.

“Profe, ¿puedo ir a regar la huerta?” es una de las frases que se escuchan en algunos de los salones todos los días. Es motivante ver unos niños preocupados por aquello que les dio tanto trabajo, viendo su esfuerzo reflejado en el crecimiento de una planta y en los productos que recogen y llevan a sus casas.

En muchas ocasiones, los resultados no son los mejores por la falta de tiempo; sin embargo, vale más nuestra motivación porque volvemos con más ánimos, y estamos intentando incitar a las otras sedes de nuestro colegio para que se unan. Buscamos que los directivos apoyen esta linda labor que, con las uñas, hemos sacado adelante.

El color verde en un terreno abandonado ha mostrado que el espacio libre puede ser otra aula de clase, un sitio de aprendizaje y de nuevos conocimientos. Un lugar que nos motive a mirar el campo como esa realidad que no debemos olvidar. Además, generamos nuevos líderes en una comunidad y hacemos a la escuela partícipe de su desarrollo.

Los estudiantes no olvidarán esta experiencia: será para toda su vida porque este proceso continuará. Sabemos que hay más cosas para hacer y que todo apenas está empezando. “¡Profe, en mi casa, mi mamá ha sembrado en botellas de gaseosa yerba buena, toronjil, cebolla y otras cosas, y ya están naciendo!”, dicen los niños y las niñas, quienes, en clase de Ciencias o de Sociales, hacen un alto para contar cómo hacen el sembrado en sus hogares.

Como dicen nuestros viejos, donde se saca y no se echa, no prospera la cosecha. Es necesario que el campo vuelva a ser del interés de todos y que aprendamos que en él también podemos progresar y hacer empresa. Un espacio olvidado, sobre el cual tantos decíamos “¡qué lugar tan feo!”, dio vida a una propuesta. Es hora de reconocer que un aula no es solo un salón con cuatro paredes, sino un lugar donde se genera conocimiento y surgen ideas locas e inspiradoras que nos enseñan que en la vida ni se fracasa ni se triunfa: en la vida se aprende, se crece y se descubre…, y si las cosas no se dan, volvemos a comenzar. Hay que enseñarles a nuestros estudiantes que no hay pobreza más grande que no enfrentar dificultades.

Debemos motivar a nuestros compañeros docentes para que generemos un cambio en la educación, que no es solo con tablero, tiza y saliva como aprenden nuestros alumnos, que aprenderán mejor en el quehacer, en el hacer, en la práctica. Los antioqueños nos dimos a conocer por nuestra pujanza y esfuerzo en el trabajo de la tierra, y hoy podemos aprender a sembrar esperanzas. Recordemos que no solo impartimos conocimientos, también nosotros aprendemos de nuestros estudiantes, del medio donde convivimos, y que así es como construimos una comunidad educativa: integrando dentro del aprendizaje a los chicos y las chicas, y a sus familias, porque el conocimiento debe ser compartido para que sea enriquecido, genere cambios y transforme una sociedad.

Nuestro propósito está planteado. Ya la semilla está germinando, está transformando pensamientos, y debemos reproducir la idea para ver que a través de ella surgen cambios. Hace falta que el alumno reconozca que la escuela es un espacio de interacción de conocimientos y de propósitos que dejan huella, y que los maestros miremos la necesidad de todas aquellas personitas que moldeamos, a fin de que transformemos a la comunidad en la vida y para la vida. Nuestra labor continúa, y aunque no sea muy reconocida, muchos dirán “ahí va mi maestro”.

 

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